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EL URBANISMO Y LA PANDEMIA DEL CORONAVIRUS

La pandemia del coronavirus va a producir un cambio de paradigma en todos los órdenes, pero en algunos de ellos de manera particular (teletrabajo, educación, sistema productivo, relaciones humanas y familiares, sobre todo), pero si en alguno va a ser especialmente significativo es el ámbito de la ciudad y el urbanismo.

La influencia de las epidemias en el urbanismo vienen de antiguo. Evitar las epidemias de cólera y otras que diezmaban los núcleos urbanos de la Antigüedad fueron el origen de algunos de los principales avances en los servicios urbanísticos (suministro y evacuación de agua), sobre todo en las ciudades y los castros romanos. Y en tiempos más recientes, el siglo XIX., las grandes reformas urbanas obedecen en gran parte al saneamiento de las ciudades y prevención de las epidemias.

Este fue el origen del planeamiento urbanístico moderno de las grandes ciudades en antepasado siglo. La ideación del París decimonónico por el Barón Haussmann, paradigma en su momento de la urbe moderna, el saneamiento de Londres, y –en nuestro más doméstico ámbito- el Plan Cerdá de Barcelona y el Plan Castro de Madrid y el diseño de los ensanches de las grandes ciudades (como Bilbao o Valencia), tuvieron su origen en gran medida por la insalubridad de las viejas ciudades, fuente primordial de epidemias históricas.

Ahora, esta pandemia del coronavirus , estos dos meses de confinamiento (por el momento y salvo eventuales rebrotes) y las limitaciones de movimiento que han conllevado las medidas de contención de la pandemia decretadas con la declaración del alarma han puesto  de manifiesto que el modelo de ciudad debe cambiar, aunque quizás no tanto en su estructura esencial, como en la manera de enfocar la vida urbana, el diseño  de los servicios y de la movilidad.

El confinamiento ha puesto de manifiesto la necesidad de comunidades más integradas, con menor necesidad de desplazamientos y –más en la fase posterior de desescalada- de espacios urbanos de encuentro. Se habla del “núcleo del cuarto de hora”, es decir de un diseño de núcleo urbano en el que los servicios esenciales se encuentren una distancia asumible a recorrer, en no mucho más de quince minutos andando (comercio de proximidad, farmacia, atención primaria sanitaria, dotaciones escolares, espacios libres en encuentro entre los vecinos y visitantes, zonas verdes y algunos equipamientos deportivos).

Este diseño de ciudad, con barrios que constituyen núcleos residenciales perfectamente habitables comunitariamente, es una alternativa al ruralismo que en algunos sectores se ha propugnado como alternativa habitacional, posibilitada por la opción del teletrabajo que ha eclosionado con el confinamiento -y parece que para quedarse-, pero con el riesgo de consumir demasiado suelo rural, hasta ahora preservado de la urbanización. El retorno razonable a lo rural tendría que ser a la conocida como España vaciada, dotándola de servicios imprescindibles sanitarios, educativos y de acceso a redes de comunicación, así como a las zonas ya urbanizadas de segundas residencias.

Pero este planteamiento de la ruralización de la vida cotidiana –con las excepciones mencionadas de solución para las zonas de la España vaciada y del desplazamiento permanente a las segundas residencias del sector de población que dispone de ellas- es una solución poco interesante en términos generales, pues, como digo, puede extender demasiado el suelo urbano en detrimento del suelo rural, que –recordemos- no es conceptualmente el perímetro de lo urbano, sino el estado natural del suelo y necesario, además, para sustentar espacios agrícolas, forestales y naturales protegidos.

Parece, entonces, que el urbanismo posterior a la pandemia va a ir en dos direcciones: dando más servicios y conectividad a los ya existentes núcleos rurales –donde es más llevadero y humano el convivir en eventuales y futuras pandemias, solucionando en parte el problema de la España vaciada- y rediseñando el espacio urbano, haciéndolo más asumible para posibles confinamientos.

Esto último puede centrarse en viviendas mejor diseñadas a este efecto –con balcones o terrazas, zonas comunes habilitadas en azoteas y plantas bajas-, servicios esenciales que no exijan grandes desplazamientos, conectividad telemática a todos los niveles y una reconsideración del viario y los espacios libres urbanos orientada a la movilidad peatonal o ciclista más que a la motorizada. En suma un cambio en los parámetros de habitabilidad y de movilidad urbana.

Lo más significativo –en orden a la evitación de los contagios y la extensión de la pandemia- parece ser la necesidad de realizar largos desplazamientos para acudir al lugar de trabajo y la utilización de medios de transporte publico masificados (una de las razones por las que son las grandes ciudades –como Barcelona o Madrid- donde mayor extensión ha tenido la pandemia y mas contagios). Pero obviamente las viviendas próximas al lugar de trabajo es un desiderátum inalcanzable en  numerosos casos, por lo que habrá de incidirse en la adecuación de las vías de comunicación  preexistentes, el transporte público más eficiente y menos masificado, así como en la peatonalización (parcial en principio) de los ámbitos urbanos no utilizados por los corredores viarios, aparcamientos disuasorios y red de espacios públicos conectados.

Obviamente, plantea –este urbanismo pospandemia- dos escenarios diferentes: uno de núcleos rurales preexistentes bien dotados de servicios y conectados a las redes de telecomunicaciones, como solución alternativa a eventuales posibles confinamientos futuros y al despoblamiento rural (la España vacía); y otro de rediseño del espacio urbano, con viviendas más adecuadas a las estancias prolongadas y susceptibles de proporcionar mayor calidad de vida doméstica y espacios comunes, proximidad de los servicios esenciales en distancias de no más de quince minutos, con preferencia de circulación peatonal y espacios libres  en los centros urbanos. En fin, un modelo para el que –con las necesarias modificaciones viarias- se encuentran ciertamente ya adaptadas la mayor parte de las ciudades españolas de tamaño medio-grande, salvo las tres o cuatro grandes ciudades.

En los nuevo planes urbanísticos habrán de considerarse nuevas perspectivas, para lo que es de prever la generación de amplios debates entre los expertos de varias disciplinas relacionadas (geógrafos, arquitectos, ingenieros, economistas y juristas, principalmente) para analizar el urbanismo del futuro atendiendo a las nuevas necesidades y a la idiosincrasia de cada país o región.  Un reto en definitiva este del urbanismo poscoronavirus.

Mariano Ayuso Ruiz-Toledo

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Abogado director de Ayuso Legal, Magistrado de lo Contencioso-Administrativo en excedencia.

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